lunes, 3 de octubre de 2011

La intención paradójica del sueldo

       Creo que este momento, principios del mes de octubre, es una buena ocasión para hablar de un tema desde una perspectiva diferente: el dinero. Después de unas vacaciones que condicionan en gran medida la famosa "cuesta de septiembe" (no tan conocida como la "cuesta de enero"), nuestra economía doméstica se ve empujada un poquito con un nuevo sueldo.

       Entendemos el sueldo como algo necesario para poder vivir, pero también se puede interpretar como un premio a nuestro trabajo de cada mes. Esto es un concepto complejo propio de una teoría llamada conductismo. Es una corriente psicológica que durante los años 60 (y aun quedan remanentes) tuvo serios conflictos con la biología del comportamiento, emergente por aquella época. Para entenerlo, como siempre, partamos de lo más simple.


       La versión más sencilla de esta teoría es el condicionamiento clásico, estudiado por el fisiólogo y psicólogo ruso Iván Pávlov. Según esto, estímulos neutros pueden condicionar algunas respuestas fisiológicas concretas por simple asociación de fenómenos. De este modo, Pávlov consiguió que sus perros segregasen saliva solo con oír una campanilla, después de un tiempo haciéndola sonar cada vez que les ofrecía comida.

       Posteriormente, el psicólogo y filósofo norteamericano Burrhus Frederic Skinner desarrolló lo que se conoce como condicionamiento operante. Según esto, se puede dirigir parte del aprendizaje en función de las consecuencias de un determinado comportamiento, lo que se consigue, hablando en lenguaje común, con premios y castigos. Simplificando la teoría y utilizando términos que no disgusten a los psicopedagogos, hablaré de reforzafores y correctores.

       Un reforzador es aquel estímulo posterior a un comportamiento que busca incrementar la frecuencia de ese comportamiento. Pueden ser positivos, premiando un comportamiento concreto con un estímulo agradable, o aversivos (para no decir "negativos", pensando de nuevo en los psicopedagogos), aplicando estímulos desagradables hasta que el individuo ejecute un comportamiento concreto (el estímulo que actúa como reforzador sería el fin del estímulo desagradable). En el caso contrario, un corrector es un estímulo posterior al comportamiento que busca reducir la frecuencia de ese comportamiento. Igualmente, los correctores pueden ser aversivos, castigando con un estímulo desagradable el comportamiento no deseado, o positivos, que serían la ausencia de castigo tras un comportamiento deseado. Por si a algunos les suena de algo, César Millán ("el encantador de perros") trabaja así.

       Los pedagogos, psicopedagogos y psicólogos evolutivos (o psicólogos del desarrollo, para no confundirlos con los psicólogos evolucionistas) han debatido mucho sobre qué estímulo es el más apropiado, y aunque se siguen aplicando castigos en todo momento, parece que la corriente mayoritaria aboga especialmente por los reforzadores positivos... donde podríamos englobar el sueldo que recibimos cada mes.

       Pero antes de entrar de lleno en los sueldos, comentaré algunos problemas que conlleva aplicar exclusivamente reforzadores positivos. En primer lugar, para reforzar un comportamiento de modo positivo hay que esperar a que se dé ese comportamiento. Este es un problema de muchos docentes, que no pueden premiar a algunos alumnos si no ven en ellos algo digno de un premio; esto suele ser consecuencia de que en sus casas están siendo educados con reforzadores positivos y correctores también positivos (o sea, sin estímulos de tipo aversivo). En segundo lugar, aunque acabase funcionando este método durante la infancia y la adolescencia, no es el imperante en el mundo profesional, ¿a cuánto estrés en su edad adulta se tendría que enfrentar un niño criado en "los mundos de Yupi"? Y en tercer lugar está la psicología inversa; el reforzador positivo se entiende en principio como un premio, pero si la naturaleza de ese premio no está relacionada con la del comportamiento, el reforzador positivo se acaba convirtiendo en el objetivo de ese comportamiento; es decir, el individuo puede acabar ejecutando ese comportamiento solo cuando le apetezca ese premio.

La intención paradógica, o sea, "el tiro por la culata".

       Los psicólogos conductistas se anticipan a esto inteligentemente aplicando la intención paradójica, hablando en plata, "si no te apetece el premio, te induzco a que hagas algo que no tenga premio... así ya te volverá a apetecer". Esta técnica tiene muy buenos resultados en casos como el insomnio: si no puedes dormir, oblígate a quedarte despierto. Y aquí es donde entra el sueldo. Igualmente el sueldo se acaba convirtiendo en el objetivo, de ahí la cantidad de trabajadores disgustados con su empleo. O visto de otro modo, ¿cuántos de nosotros hemos estado apasionados por una actividad hasta que nos pagan por ella y se convierte en una obligación? (Este es otro motivo por el que me negué a monetizar este blog; personalmente me aburría escribir cuando cobraba por ello). Y es que es imposible que nos deje de apetecer el premio, puesto que todos queremos comer, vivir bajo un techo e invertir en diversión y vicios varios.

       Pero claro, al usar el dinero como premio caemos en otra trampa. El dinero es un bien excaso; para que unos salden sus deudas han de creárselas a otros y así sucesivamente. Además, en la mayoría de trabajos, los sujetos se ven obligados a competir por el premio.

       Todo esto crea un clima de desconfianza perfectamente comprensible. ¿Cómo sé si lo que tú me ofreces es lo mejor si evidentemente a ti te conviene ofrecérmelo? ¿Cómo sé si el consejo de un compañero es un consejo de amigo o si se está interesando por evitar competencia? Y yendo aun más lejos, en la sanidad privada, ¿cómo sé si realmente necesito pasar por esta cirugía o si el médico quiere comprarse un yate? Bueno... esto último puede resultar un caso demasiado extremo, pero existen casos que han llevado a los profesionales a tomarlo en consideración.

       Estas situaciones provocan que los departamentos de márketing (incluido el "márketing interno") sean necesarios en las empresas. Y el márketing en sí mismo, debido también a la psicología inversa, suele generar desconfianzas, por lo que se especializa y reinventa hasta límites insospechados... ¿o acaso creíais que la forma de la botella de Cocacola es pura casualidad?

       Esta vez, al igual que en el post anterior, no tengo intención de hacer una crítica a nuestro modelo económico (contrariamente a lo que se insinuó en Menéame), sino introducirme en un aspecto de la psicología de los trabajadores. Por último, he de decir que yo disfruto siendo profesor porque la naturaleza de mi actividad (enseñar) se corresponde con la naturaleza de mi premio (comprobar que otros aprenden a pensar); mi sueldo no es mi premio, sino mi propina (una propina que me permite comer, vivir bajo un techo e invertir en diversión y vicios varios, de acuerdo). A muchos les sonará a hipocresía; yo sencillamente lo veo así tras años practicando una técnica de psicología clínica: la reestructuración del pensamiento, pero eso es otra historia...

3 comentarios:

pasabaporaqui dijo...

Hola, enhorabuena por el blog. Supongo que formo parte de lo que denominas "remanentes" de la psicología conductual.

Sin entrar en detalle en las cuestiones históricas, sí me gustaría destacar que en la actualidad no percibo en mi campo ningún "conflicto" con la biología, sino más bien complementariedad.

Pero también hay que decir que la concepción de reforzamiento que describes en el post parece "cristalizada" en los años 40-50. Se ha avanzado mucho tanto en lo conceptual como en lo teórico desde entonces. En la antigua concepción (reforzador como un estímulo especial que fortalece la conducta), muchos de esos efectos como los que describes podían parecer paradójicos. Sin embargo, en las aproximaciones actuales (teorías de la regulación conductual) los efectos están perfectamente explicados, además de que comprendemos mucho mejor las leyes de la distribución de los distintos comportamiento entre las distintas fuentes de reforzamiento. Fruto de todo eso (aunque no exclusivamente, claro) se ha desarrollado el campo de la economía conductual, donde encajaría el tipo de análisis que acertadamente realizas.

Te dejo un vínculo a un breve (brevísimo) resumen de cómo se tratan estos temas en los manuales actuales que uno de mis estudiantes colgó en slideshare:

http://www.slideshare.net/katharo/tema-7-aprendizajecondicionamientoinstrumentalmecanismosmotivacionales

Un saludo

BioSamu_ dijo...

¡Muchas gracias por el comentario y por el enlace!

Yo también veo que hay una complementaridad entre la etología y la psicología conductual; pero sí es cierto que a mediados del siglo XX había una confrontación, de la que todavía queda un poquito; a eso me refería con "remanentes", no a quienes os dedicáis a la psicología conductual, por supuesto.

No pretendía dar una visión cristalizada de la psicología, sino, como indico en el post, partir de conceptos muy básicos. No dudo que se conozcan los mecanismos explicativos de los efectos a los que nos referimos, de hecho trato de aclarar que efectivamente tienen una explicación lógica, pero al fin y al cabo se les llama paradójicos por ser contrarios a lo pretendido en primera instancia.

En realidad me parece una tarea fascinante la de estudiar cómo diseñar un "sistema de pagos" (utilizando una nomenclatura etológica) adecuado y acorde con lo que se busca. Serían muy bienvenidos tus conocimientos más profundos en la materia. De hecho, serás muy bienvenido si te animas a visitar y a aportar en la recién estrenada página de facebook de este blog (el enlace está en la barra lateral izquierda).

pasabaporaqui dijo...

Gracias por la respuesta y perdón por el malentendido, seguiré con interés tu blog.

Saludos

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